Apuntes de Jonathan Diario de ELA Educación

Cuatro caídas, cero levantadas… pero seguimos en pie

Apuntes de Jonathan #6:

Bienvenidos a una nueva entrega de Apuntes de Jonathan. Hoy quiero abrirles mi corazón para hablar sobre algo muy personal, muy real y, sobre todo, muy humano.
Desde que aparecieron los primeros síntomas de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), he tenido que convivir con diversas caídas. Sin embargo, hay cuatro momentos clave que han sido fundamentales para entender cómo la enfermedad ha ido ganando terreno, poco a poco.

1. El primer aviso (República Dominicana)

La primera caída que realmente me llamó la atención ocurrió el 8 de febrero, justo un día antes de regresar a España de mi viaje a la República Dominicana. En ese momento no le di demasiada importancia; pensé que simplemente había sido un tropezón y un golpe limpio en el codo izquierdo.
Con el tiempo, empecé a notar una debilidad progresiva en mi mano izquierda. Fue entonces cuando entendí que aquella caída no había sido un simple accidente: había marcado el inicio de algo más.

2. La pérdida de equilibrio y la gravedad

La segunda caída llegó un miércoles de abril. Se podría decir que perdí el equilibrio, aunque los que vivimos con esta enfermedad sabemos que, muchas veces, dejas de controlar la fuerza de la gravedad.
Esta vez el impacto fue más duro: me golpeé la cabeza y terminaron poniéndome cuatro grapas. A raíz de ese día, apareció una intensa debilidad y dolor en el cuello. Afortunadamente, gracias al trabajo constante de fisioterapia, pude superar esa complicación y seguir adelante.

3. El día que me «atropellé» a mí mismo

La tercera caída fue una de esas situaciones que, con el tiempo, terminan dándote risa. Me atropellé yo mismo con mi propia silla de ruedas eléctrica. Estaba de pie frente a ella, la silla avanzó por accidente y terminé en el suelo.
Aunque en el momento del impacto no sentí nada, ocurrió un domingo 17 de mayo y al día siguiente me dolía absolutamente todo el cuerpo, especialmente el cuello y el hombro derecho. Una vez más, la fisioterapia me salvó de mayores complicaciones, pero la realidad era innegable: el cuerpo se debilita un poco más con cada impacto.

4. El golpe más reciente

La cuarta y última caída hasta la fecha ocurrió la mañana del 26 de mayo. Acababa de desayunar e intenté levantarme de la silla, pero sentí una presión enorme. No me dio tiempo a reaccionar ni a agarrar el andador, y terminé cayendo hacia delante, golpeándome contra él antes de llegar al suelo.
Todo el impacto se lo llevó mi hombro derecho. Desde ese día, convivo con dolor en el hombro, en el codo y con una evidente debilidad que ahora me dificulta algo tan cotidiano como comer con la mano derecha.

La realidad de no poder levantarse

De todo este proceso, lo más preocupante —y al mismo tiempo lo que más te impacta la mente— es una constante: en ninguna de las cuatro caídas he podido levantarme por mis propios medios. En cada una de ellas he necesitado, obligatoriamente, la ayuda de alguien para incorporarme.

«Aunque la fuerza física disminuye cada día, la fuerza espiritual crece aún más… y es esa fuerza la que todavía me mantiene en pie.»

La verdadera fuerza no es la física

Con este texto no busco asustar a nadie, ni despertar lástima o tristeza. Lo que quiero transmitir es una certeza absoluta: cada día que abro los ojos, me levanto con fuerzas para seguir luchando y con mucha fe.
Ninguna de estas cuatro caídas ha logrado tocar mi fuerza de voluntad. Seguiré dando la batalla hasta que Dios me lo permita. La fuerza física puede ir disminuyendo, pero mi fuerza espiritual se multiplica. Y esa es, al fin y al cabo, la que me mantiene verdaderamente en pie.
Nunca nos rendimos.

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