Etiqueta: ELA

  • APUNTES DE JONATHAN — NÚMERO NUEVE

    APUNTES DE JONATHAN — NÚMERO NUEVE

    Ver y no comer, pensar y no hacer

    En mi querida República Dominicana se utiliza mucho la frase «ver y no comer» cuando nos topamos con algo que nos atrae profundamente pero que, por diversas circunstancias, no podemos tener. Puede ser una modelo de televisión, una actriz de cine o, de manera más sencilla y cotidiana, un plato de comida delicioso que se despliega ante tus ojos pero que no puedes probar. Esa misma sensación es la que experimentamos quienes convivimos con la ELA o con alguna enfermedad neurodegenerativa similar. Es una realidad que nos acompaña día a día, a veces de forma silenciosa, aunque en algunas personas se hace notar con más fuerza que en otras.

    Al reflexionar sobre la contraparte, «pensar y no hacer», me refiero a ese universo de ideas, proyectos y sentimientos que bullen con fuerza en nuestra cabeza, pero que no logramos poner en marcha. A veces, ni siquiera podemos expresarlos correctamente debido a las dificultades en la voz, ni plasmarlos en un papel o una pantalla por la falta de fuerza en las manos. Ante esto, la vida nos desafía a buscarnos la vida con trucos, mañas, paciencia y algunos hermosos inventos que nos devuelven la autonomía.

    Qué enorme lección de paciencia encierra el querer comer y no poder hacerlo de manera correcta, más aún para alguien a quien siempre le ha gustado disfrutar de la buena mesa. Poco a poco he ido perdiendo la capacidad de utilizar mis manos para alimentarme, y el acto de comer se ha convertido en un ejercicio tan intenso que termino agotado. A veces me da la impresión de que consumo más energía en el propio esfuerzo de alimentar que la energía que realmente estoy ingiriendo. Así es, en ocasiones, el ritmo de la vida con esta condición.

    Pensar y no poder hacer… Albergo tantas ideas en mi interior que resulta difícil imaginar todo lo que mi cabeza no deja de crear. El pensamiento sigue volando libre y lleno de luz, pero mi cuerpo cada día se vuelve un poco más pesado y obedece cada vez menos a mis órdenes. Por ejemplo, algo tan cotidiano como utilizar el móvil me cuesta un esfuerzo creciente, y a veces me descubro intentando comprender el porqué de este avance, asimilándolo desde la paz.

    Las articulaciones se vuelven cada vez más difíciles de mover, empiezan a fallar y es complejo controlar esa situación. Las fasciculaciones se presentan de forma frecuente y molesta; sin embargo, también existen momentos benditos en los que te olvidas de ellas, permitiéndote disfrutar de una profunda tranquilidad, contrarrestando esos instantes en los que su presencia te recuerda que caminan contigo.

    Otro aspecto muy importante ocurre cuando el cuerpo y la respiración cambian su ritmo, ya que la oxigenación no es la misma. En mi caso particular, esto se ha traducido en un olfato sumamente alterado; cualquier olor fuerte me afectaba. Ahora comprendo que, en mi situación, esta sensibilidad se intensifica: el aroma de la comida, el humo, el perfume, el cigarrillo, el calor del ambiente o incluso el olor a césped recién cortado se convierten en un reto a la hora de hablar, algo que antes no me sucedía.

    «En este universo nunca hay un adiós definitivo, sino un tierno hasta luego.»

    Para finalizar, quiero tocar un tema de profundo valor que compartimos recientemente en una reunión: el apego emocional y la manera en que cada persona gestiona esta realidad de forma tan única. ¿Qué sabemos realmente sobre el apego y cómo lo definimos en el transcurso de nuestra existencia?

    En la vida tenemos la dicha de conocer a muchas personas con las que nos une una hermosa amistad, un cariño sincero y, a veces, el lazo compartido de una misma enfermedad. Pero como todo en este plano terrenal tiene un ciclo y un fin, es precisamente en ese instante de la partida cuando aflora el apego emocional. Este sentimiento se hace más evidente cuando fallece un ser querido o un compañero de camino con quien compartiste tanto, y no tuviste la oportunidad de brindarle un último abrazo o una despedida.

    En esos momentos, la mente se inunda de recuerdos entrañables. Desde mi experiencia personal, y con el deseo de dejar una semilla de paz, quiero compartirles cómo afronto estas situaciones. Cuando no puedo despedirme físicamente de alguien a quien amo, dedico una oración con todo mi corazón por esa persona. A los pocos días, casi de manera mágica, esa persona aparece en mis sueños. En ese espacio sagrado logro despedirme, hablar y conectar con ella con la misma naturalidad que si estuviera en vida. Para que esto ocurra, solo hace falta tener fe, el corazón abierto y la certeza de que nunca es un adiós, sino un hasta luego.

    ¡Feliz día para todos!

  • Cuatro caídas, cero levantadas… pero seguimos en pie

    Cuatro caídas, cero levantadas… pero seguimos en pie

    Apuntes de Jonathan #6:

    Bienvenidos a una nueva entrega de Apuntes de Jonathan. Hoy quiero abrirles mi corazón para hablar sobre algo muy personal, muy real y, sobre todo, muy humano.
    Desde que aparecieron los primeros síntomas de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), he tenido que convivir con diversas caídas. Sin embargo, hay cuatro momentos clave que han sido fundamentales para entender cómo la enfermedad ha ido ganando terreno, poco a poco.

    1. El primer aviso (República Dominicana)

    La primera caída que realmente me llamó la atención ocurrió el 8 de febrero, justo un día antes de regresar a España de mi viaje a la República Dominicana. En ese momento no le di demasiada importancia; pensé que simplemente había sido un tropezón y un golpe limpio en el codo izquierdo.
    Con el tiempo, empecé a notar una debilidad progresiva en mi mano izquierda. Fue entonces cuando entendí que aquella caída no había sido un simple accidente: había marcado el inicio de algo más.

    2. La pérdida de equilibrio y la gravedad

    La segunda caída llegó un miércoles de abril. Se podría decir que perdí el equilibrio, aunque los que vivimos con esta enfermedad sabemos que, muchas veces, dejas de controlar la fuerza de la gravedad.
    Esta vez el impacto fue más duro: me golpeé la cabeza y terminaron poniéndome cuatro grapas. A raíz de ese día, apareció una intensa debilidad y dolor en el cuello. Afortunadamente, gracias al trabajo constante de fisioterapia, pude superar esa complicación y seguir adelante.

    3. El día que me «atropellé» a mí mismo

    La tercera caída fue una de esas situaciones que, con el tiempo, terminan dándote risa. Me atropellé yo mismo con mi propia silla de ruedas eléctrica. Estaba de pie frente a ella, la silla avanzó por accidente y terminé en el suelo.
    Aunque en el momento del impacto no sentí nada, ocurrió un domingo 17 de mayo y al día siguiente me dolía absolutamente todo el cuerpo, especialmente el cuello y el hombro derecho. Una vez más, la fisioterapia me salvó de mayores complicaciones, pero la realidad era innegable: el cuerpo se debilita un poco más con cada impacto.

    4. El golpe más reciente

    La cuarta y última caída hasta la fecha ocurrió la mañana del 26 de mayo. Acababa de desayunar e intenté levantarme de la silla, pero sentí una presión enorme. No me dio tiempo a reaccionar ni a agarrar el andador, y terminé cayendo hacia delante, golpeándome contra él antes de llegar al suelo.
    Todo el impacto se lo llevó mi hombro derecho. Desde ese día, convivo con dolor en el hombro, en el codo y con una evidente debilidad que ahora me dificulta algo tan cotidiano como comer con la mano derecha.

    La realidad de no poder levantarse

    De todo este proceso, lo más preocupante —y al mismo tiempo lo que más te impacta la mente— es una constante: en ninguna de las cuatro caídas he podido levantarme por mis propios medios. En cada una de ellas he necesitado, obligatoriamente, la ayuda de alguien para incorporarme.

    «Aunque la fuerza física disminuye cada día, la fuerza espiritual crece aún más… y es esa fuerza la que todavía me mantiene en pie.»

    La verdadera fuerza no es la física

    Con este texto no busco asustar a nadie, ni despertar lástima o tristeza. Lo que quiero transmitir es una certeza absoluta: cada día que abro los ojos, me levanto con fuerzas para seguir luchando y con mucha fe.
    Ninguna de estas cuatro caídas ha logrado tocar mi fuerza de voluntad. Seguiré dando la batalla hasta que Dios me lo permita. La fuerza física puede ir disminuyendo, pero mi fuerza espiritual se multiplica. Y esa es, al fin y al cabo, la que me mantiene verdaderamente en pie.
    Nunca nos rendimos.

    ELA, Apuntes de Jonathan, Superación, Fuerza Espiritual, Testimonio de vida, Fe y Voluntad.

    • ELA: La enfermedad de las constantes contradicciones

      ELA: La enfermedad de las constantes contradicciones

      Por: Jonathan (Apuntes número cuatro)
      Bienvenidos a esta nueva entrega de mis apuntes. Antes de profundizar en el tema de hoy, deseo expresar mi gratitud a todas las personas que dedican un momento de su día para escribirme y preguntarme cómo estoy. Su apoyo es fundamental para mí.
      Quiero agradecer muy especialmente a mi amigo Aitor, por sacar de su tiempo para llevarme al fisio cada vez que lo necesito, y también a Sergio, por invitarme siempre a ver los partidos de baloncesto. ¡Gracias por estar ahí! Dicho esto, vamos a empezar.

      Un laberinto de contradicciones

      Solo quienes convivimos con la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) comprendemos la paradoja constante que define nuestro día a día. Es una enfermedad que parece contradecirse a sí misma en sus principios más básicos, creando un laberinto difícil de navegar.

      1. La paradoja del movimiento y el reposo

      La primera gran contradicción reside en la actividad física. Por un lado, los médicos nos indican la necesidad imperativa de mantener el cuerpo en movimiento constante. Por otro, se nos advierte que bajo ninguna circunstancia debemos alcanzar el punto de fatiga.
      Es un equilibrio casi imposible: ejercitarse para no perder movilidad, pero detenerse antes de que el esfuerzo resulte contraproducente. Casi todos los ejercicios que ayudan, terminan fatigando.

      2. El dilema del descanso

      Incluso el descanso se vuelve un problema. Se nos recomienda dormir para recuperar energías, pero al dormir, el cuerpo entra en una inmovilidad prolongada. Esa quietud, necesaria para la mente, hace que el cuerpo vaya perdiendo movilidad. Se supone que si no te mueves, los músculos y huesos se mantienen «estables», pero en esta enfermedad, la falta de movimiento es nuestra enemiga.

      El desafío de la medicación: El caso del Lioresal

      Al intentar tratar los síntomas, nos encontramos con una nueva encrucijada. El Lioresal, un medicamento común para nosotros, presenta una lista de efectos secundarios que parecen un espejo de la propia enfermedad.
      Según las estadísticas, 1 de cada 10 pacientes puede experimentar:

      • Cansancio y fatiga extrema.
      • Mareos y dolor de cabeza.
      • Dificultad para dormir y problemas respiratorios.
      • Confusión y pérdida de coordinación.
      • Alteraciones del habla, el equilibrio y movimiento de los ojos.
      • Temblores, alucinaciones o pesadillas.
      • Visión borrosa y problemas cardíacos (presión baja).
      • Dificultad para orinar.
      • Debilidad en brazos y piernas con dolor muscular.
      • Trastornos digestivos (sequedad de boca, estreñimiento o diarrea).

      La reflexión final

      Aquí surge la contradicción más difícil de aceptar: si la ELA ya nos quita la fuerza, nos afecta el habla, nos hace temblar y nos dificulta la respiración… ¿por qué tomamos un medicamento cuyos efectos secundarios pueden potenciar esos mismos síntomas? Es como si el remedio y la enfermedad hablaran el mismo idioma de deterioro. Si ya tienes un problema y el medicamento te aporta otro igual, terminas teniendo dos.

      Nota importante: Recuerden que esto no es un experimento científico. Hablo exclusivamente desde mi experiencia personal, entendiendo que cada paciente vive una situación diferente.